“NO COUNTRY FOR OLD MEN”: Un acercamiento a la obra maestra de los hermanos Coen

Título original: No Country For Old Men

Directores: Joel y Ethan Coen

Cast: Josh Brolin, Javier Bardem, Tommy Lee Jones, Woody Harrelson

Año: 2007

País: Estados Unidos

Duración: 122 minutos

Los hermanos Coen tienen algo especial a la hora de escribir y dirigir películas. Se sienten tan distintas a las de cualquier otro director que no estaría considerar que esta dupla consigue conformar un propio universo cinematográfico aparte del resto. Hacen otro tipo de cine. Tal vez se parezca un poco el de Quentin Tarantino, el de Martin McDonagh; sin embargo, hay un espíritu que es tan inherente a sus películas que, quizá desde un diálogo, ya las reconozcamos como tal.

Sin lugar para los débiles –o según su traducción española (quizá más atinada), No es país para viejos– es una obra maestra. Si bien particularmente esta es una propuesta un poco más oscura y seria que otros filmes de los aclamados hermanos, no deja de tener el característico sello de su cine. Esa actitud nihilista en algunos personajes, la manera de plantear situaciones absurdas pero también reflexivas, el desencanto y la despreocupación, la violencia, la casualidad; todas estas están presentes en Sin lugar para los débiles. Y como siempre fue habitual en ellos, no se molestan en dar respuestas a las incógnitas que le presentan al espectador, a veces tan profundas cuando tal vez asemejan ser tan mundanas… Aunque ya nos involucraremos en esto más adelante.

La trama de la película transcurre durante 1980 en la frontera de Texas, Estados Unidos y gira principalmente alrededor de las andanzas de tres personajes: un cazador de antílopes, un viejo sheriff y un psicópata sin escrúpulos. El primero de ellos, Llewelyn Moss, es quien le da el puntapié a la historia (incidente incitador) en el momento en el que se encuentra con la masacre en el desierto luego de un altercado de narcotraficantes y se lleva un maletín cargado de dinero. Desde este instante, el pobre cazador no sabe por todo lo que deberá pasar para salirse con la suya. Esto se debe a que Anton Chigurh, el psicópata asesino, va detrás de él en busca del maletín, dejando en su camino más de una muerte sin ningún tipo de remordimiento. Y detrás de Anton, el experimentado sheriff Ed Tom Bell, buscando apresar a éste. Alrededor de toda esta situación, varios intereses de narcotraficantes y fuerzas externas también tendrán su peso a lo largo de toda la cinta.

Para analizar la obra, será necesario presentar mínimamente los tres personajes principales de la misma. Primero que nada, Llewelyn Moss, interpretado por un genial Josh Brolin, es, como dijimos, un cazador de antílopes que da con un “premio” que lo excede desde muchos puntos de vista. Más allá de ser un ex combatiente en Vietnam, al hombre le falta la suficiente perspicacia para evitar que el temible Anton le siga el rastro y, contrapuesto con la actitud de este último y a pesar de ser codicioso y ambicioso, tiene una especie de consciencia moral que le juega en contra desde el primer minuto. Esto se ve plasmado con claridad cuando vuelve en medio de la noche para llevarle agua al mexicano moribundo que horas antes le había pedido desesperadamente. Aquí fue el comienzo del fin para Llewelyn, quien cargaría con este error por el resto de la película. Por otra parte, está casado con una joven que también le sería un problema en el sentido de su deber de protegerla y desligarla del problema en el que él solo se involucró.

Por otra parte, tenemos al viejo sheriff Ed. La película inicia con su voz en off describiendo que su padre y su abuelo también habían sido comisarios de la zona, sumido en un aire entrañable, casi nostálgico, que más tarde tendría su porqué. También está casado y es un hombre que se basa mucho en el honor, responsable y calmado. Adora las viejas costumbres y está en un estado de incomprensión del nuevo mundo que lo rodea. Tommy Lee Jones, a mi entender, ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera, con miradas y gestos que comunican casi todo lo que le pasa al personaje.

Por último, el genial Anton Chigurh. Según un estudio de un grupo de especialistas en psicología, el personaje encarnado por el español Javier Bardem es el psicópata mejor creado en la historia del cine, aun por encima de míticos personajes como Norman Bates (Psicosis, Alfred Hitchcock) o Jack Torrance (El resplandor, Stanley Kubrick). Se podría decir tranquilamente que la película “se la lleva” Bardem. No por restarle impronta al film de los Coen ni mucho menos, sino por la presencia de este personaje dentro de la historia, y el espectacular trabajo que realiza el artista ibérico. Es un mafioso y, sobre todo, un maniático extremadamente inteligente, sin remordimientos, que no tiene ningún tipo de moral (aunque sí algunos extraños principios) y hará todo para conseguir lo que quiere. Es tal su locura que hasta decide, en varias ocasiones, quién muere o no dependiendo de la suerte de una moneda, de un simple cara o cruz. Cada momento de la película en el que aparece Anton, es tensión pura. Creada desde sus palabras, pero más todavía desde sus silencios y sus miradas. Solo dos escritores como los hermanos Coen pueden crear este tipo de personajes tan atrayentes, hipnóticos, y que, a pesar de esto (o en virtud de ello), también te dé náuseas.

El resto del reparto se compone, en su debida medida, por la mujer de Llewelyn (encarnada por Kelly McDonald) y Carson Wells, un hombre a quien le es designado capturar a Anton y retornar el maletín lleno de dinero. Éste se encuentra personificado por Woody Harrelson, un actor que siempre se las rebusca para brindar una actuación ejemplar en el papel que le toque, por más secundario que sea.

Sin dudas, es un valor importante para la película que todos los personajes analizados y explayados en los párrafos anteriores sean totalmente tridimensionales, es decir, que estén comprendidos y construidos desde lo fisiológico, lo psicológico y lo sociológico. Pero también es vital, para el funcionamiento de la historia, que desde el comienzo están bien claros las motivaciones de cada uno, o qué buscan en la película, comprendiendo así tanto lo externo como lo que necesitan interiormente estos personajes.

El guión es el gran punto fuerte de la cinta. Basado en la novela homónima de Cormac McCarthy, los hermanos cineastas adaptaron con genialidad la historia que cuenta la novela. Sin dejar de ser un thriller, dejan en evidencia la destreza que poseen a la hora de explorar viejos géneros como el wéstern, ya que, un poco gracias al escenario desértico que funciona como un personaje más, nos remonta a esos viejas películas donde hay un motín, mercenarios y un comisario detrás del asunto. En ningún momento de la historia tiene baches y, si bien deambula con una narrativa tripartita compartida entre Llewelyn, Anton y Ed, tiene un montaje ideal para que no se pierda el hilo en ningún momento. También es impresionante lo mucho que comunica desde lo visual, con escenas desprovistas totalmente de diálogo que dicen muchísimo al espectador. Incluso, en la secuencia inicial, plagada de planos generales de los paisajes desérticos con la voz en off de Tommy Lee Jones ya nos sitúan en un ambiente y tono determinado que se repetiría en toda la película.

Y qué decir de los diálogos. Qué maravilla la escena del psicópata cuestionando al pobre encargado de la estación de servicio, con un crecimiento de la tensión desde el comienzo hasta el final, dejándonos pasmados (casi tanto como al desafortunado hombre) ante semejante perversidad del personaje brillantemente llevado a la pantalla por Bardem. Pero por sobre todo, a lo largo de toda la cinta, la pantalla nos posee con grandes frases sobre el destino, la moral, el bien y el mal, siempre con ese agudo e inteligente sentido de la observación del mundo de los Coen, sin dejar de lado la ironía y la perspicacia para relatar cada situación o reflexión que quieran plantear. Y por si fuera poco, utilizar el recurso del mcguffin, que vuelve a ser un maletín, quizá homenajeando o, por lo menos, haciéndonos recordar a las gloriosas Reservoir Dogs (1992) y Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino. La preciada valija termina siendo nuevamente lo que destapa la historia y lo que se persigue a lo largo de ella.

Por si fuera poco todo lo que se dijo desde un análisis narrativo de la película, la parte técnica es decididamente majestuosa. En parte, se debe a la dirección de fotografía que estuvo a cargo de un gigante como Roger Deakins, quien, en su novena colaboración con los hermanos Coen, se vio con la dificultad de tener que plasmar en la pantalla el tono en sí de la maravillosa historia. Con un gran aprovechamiento del propio ambiente desértico en el que se filmó la película, usando extensos planos generales (y totalmente estáticos en muchas ocasiones) nos colocó en ese lugar, en esa época. La paleta de colores es en sí, casi natural por la luminosidad inherente al contexto, y tiende a colores amarillentos que también podrían evocar algo de locura, como en el personaje de Javier Bardem. De todos modos, para los escenarios interiores, la iluminación fue muchísimo más oscura, quizá para no dejarnos salir de esta historia sombría de violencia e incomprensión.

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El arte y la composición de cada cuadro son dos virtudes que refinan aún más el trabajo de fotografía, en donde cada encuadre está cuidado hasta el más mínimo detalle. La elección de los planos es ideal, ya se trate de primeros planos atemorizantes, medios cuando es necesario, y hasta cenitales o planos detalle que son fundamentales también para el desarrollo narrativo de la historia. El arduo trabajo para cada toma se vislumbra ante semejante magnetismo que genera todo lo visual en esta película. Desde mi punto de apreciación personal, junto con Fargo (1996), este film es el que mayor ensimismamiento fotográfico produce en el espectador, considerando la filmografía completa de los multipremiados hermanos.

Como si todavía le faltaran demostraciones de la excelencia de esta cinta, es imposible no nombrar la utilización del sonido y la casi ausente (totalmente imperceptible) música. Es el elemento que le faltaba a todo lo visual que se había explicado para terminar de pegarnos a la pantalla. El ceremonioso relato de los Coen que, a diferencia de otras comedias o películas más livianas, se ve remarcado visceralmente por la elección a la hora de casi ni utilizar música para marcar un tono todavía más sereno, pero ese tono sereno que avecina una tormenta (citando a Gary Oldman en Léon, el profesional). El efecto que genera el ruido de cada puerta que se abre o el disparo del “arma” que usa Anton que interrumpe el silencio funciona de manera ideal en esta película y, una vez más, marca el tono de la misma. Es fundamental esto último: en ningún momento la audiencia se aleja de lo que está viendo. Sabe que es una historia intensamente pesimista. Sombría. Con la violencia enfrascada a punto de explotar.

En cuanto a la temática de la obra, los Coen no hacen más que seguir indagando en determinados tópicos que ya fueron explorando desde su ópera prima Sangre fácil hasta en comedias como El gran Lebowski. En este caso particular, la película nos recuerda más a Fargo, por la trama en sí y por su contenido más simbólico. En primer lugar, la violencia, desprovista de razones, y reflejado en el personaje de Bardem, es recurrente en todo el metraje. Los Coen realizan una visión extraña e incómoda de la misma, ya que lo rechaza permanentemente al espectador en su afán por entender al psicópata. No tiene razones para matar. Pero tampoco para no hacerlo. Así que, ¿por qué no lo hace? ¿De todos modos importa? ¿Acaso no era parte del destino? ¿O es la suerte la que dicta la vida o la muerte? Estas incógnitas, que si se las analiza más nos dejan observar esa mirada nihilista permanente en el cine de los Coen, se van planteando a lo largo de la cinta con un magistral manejo narrativo propio de los directores, y también deambulan con debates sobre la moralidad, el bien y el mal, la codicia, el egoísmo y más.

De todos modos, la película se trata principalmente sobre la incomprensión de este nuevo mundo, de la violencia injustificada, de los cambios de los paradigmas de la sociedad y de la falta del orden que antes estaba establecido. Todo esto se vislumbra en cada escena de Tommy Lee Jones como el viejo sheriff Ed, con su semblante perdido; además de estar despistado buscando al temible Anton, es un mejor reflejo de su propia condición que siente por dentro. La incomprensión del mundo que ya no es el mismo de antes, el exceso de violencia desmedida imposible de digerir o entender, sin razones. Varias frases en la película dejan haciendo eco de estas duras reflexiones. Hasta en el final se puede captar, a través de los dos sueños que relata Ed, el vacío que siente el personaje, por el motivo expresado anteriormente y por el no poder cumplir el legado de su padre y de su abuelo, en aquéllos tiempos en que era más comprensible la dimensión de lo que se vive. Por esta razón, me tomé el atrevimiento en mencionar al principio de esta reseña que era más atinada al traducción española del título.

Sin lugar para los débiles ganó cuatro premios Oscar: mejor película, mejor director, mejor guión adaptado y mejor actor de reparto (Bardem). Esta es una pequeña muestra del alcance y la maestría de esta obra que le arrebató de las manos las estatuillas a Paul Thomas Anderson con su también impresionante Petróleo sangriento.

Es difícil colocar este film en la punta de la pirámide de la filmografía de Joel y Ethan Coen, pero sin dudas, debería estar, mínimamente, en el podio. Comprende tantas cuestiones con un tono oscuro tan marcado, con personajes tan icónicos (párrafo aparte para el del actor español) y con un guión exquisito, que realmente no puede ser dejado de lado por ningún aficionado al cine. Quizá en su primer visionado es difícil que conforme ese final, pero cuántas más veces se mira, menos nos importa lo que pasa, sino más bien su mensaje.

Manuel Otero

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